Un mes y trece días. Eso es lo que llevo aquí hasta este
momento en el que he empezado a escribir este post.
Uno pensaría que no es mucho tiempo, y realmente no lo es,
en el gran esquema de las cosas. Pero aquí me tenéis, en la biblioteca sentada,
como si fuera la semana antes de los exámenes cuando tan solo llevo un mes de
clases. Como una psicópata.
Hay algo de lo que no te puedes escapar cuando estás de
Erasmus. Algo que ya sabías de antes, pero de lo que no eres realmente
consciente hasta que estás allí: vas a empezar de cero. No hay nada
conocido, no hay ningún denominador común, ninguna zona segura en la que puedas
decir “ah, mira, casi me siento en casa”.
Eso es lo que todos sabemos, no os acabo de contar nada que
no supierais.
Lo que no me esperaba es: las costumbres.
Bueno, vale, eso también me lo esperaba. Pero no esperaba
que llegaran tan rápido, y a todas partes.
Porque lo curioso es que ya no es solo la rutina, de decir:
vale, tengo este horario de clases así que los lunes tengo que comer pronto
para estar a la una, o los jueves tengo que madrugar para llegar a las nueve.
Ya no es saber que aquí los miércoles se trama fiesta, o que los fines de
semana probablemente también vaya a salir (a un coffeeshop un porcentaje
considerable de las veces porque la gente aquí no tiene demasiada imaginación).
Lo curioso son las pequeñas cosas de las que me he ido dando
cuenta por casualidad.
Por ejemplo, tengo un cuchillo para untar mantequilla. Es
azul, de punta redonda, no corta una mierda y me lo compré de segunda mano el
primer día que llegué aquí por veinte céntimos. Y, por alguna razón, es mi cuchillo
de la mantequilla. No lo puedo usar para cortar carne, y de hecho me asusté
un día que quería hacerme una tostada y no lo veía por ninguna parte.
También tengo “el vaso del café”. Un vasito de bambú que ya
estaba en la habitación cuando llegué como regalo de bienvenida. El café me lo
hago ahí, no en las tazas. Y tampoco me hago el Nesquik por las noches en ese
vaso, por supuesto, no soy un animal.
Durante un par de semanas Ana y yo llegamos a una especie de
tradición: ir a clase los jueves de resaca habiendo dormido dos horas, y luego
al Papa John’s a por pizza. Esta se ha quedado un poco desubicada porque ya no
tenemos esa clase (en fin), pero algo me dice que volverá en noviembre porque volvemos
a tener clase los jueves a las 9 (y, como ya comenté, las fiestas son los
miércoles por alguna razón y quién soy yo para saltarme una fiesta).
Lo que quiero decir con todo esto, aparte de contaros las
curiosidades de mi día a día, es que por mucho que nos pese, por mucho que
corramos de ella, no podemos huir de la rutina. Ya sé que ahora la rutina es el
demonio, es lo peor para la gente, es aburrida y blablablá. Que si no subes
tres historias en un sitio alternativo™ o diferente cada mes es porque eres
un aburrido que nunca cambia nada.
Pero, según he podido observar, la rutina siempre va a estar
ahí. Da igual que te fuerces a salir a un sitio diferente cada día, que te
despiertes y te acuestes a una hora diferente cada fin de semana, que siempre
estés quedando con gente nueva. Va a haber algo, en alguna parte, que se va a
volver tu rutina.
Porque creo que no es algo malo. No es malo tener algo que
te aporte confort, o seguridad. Una sensación de pertenencia, de que estás en tu
casa porque ese es tu cuchillo de untar mantequilla y tu vaso del café.
Igual que tampoco es malo quedar siempre con las mismas
personas, o repetir planes, o acostarte todos los días a la misma hora.
Quizá es a eso a lo que me ha llevado todo esto. A darme
cuenta de que esa demonización de la rutina es una mierda. Vale, quizá no es lo
mejor hacer todos y cada uno de los días lo mismo, como un robot, tal y como
sale en esas películas tan depresivas y agobiantes.
Pero me he dado cuenta de que no tengo que forzarme a la
variedad, a no parar, a ser diferente, a estar siempre empujándome a hacer cosas
diferentes cuando en verdad lo que quiero hacer es quedar dos días a la semana
con mi novio para hacer el vago y otros dos con los mismos dos grupos de amigos
de siempre. Y, en el tiempo que me sobre, ahí es donde quiero meter la
variedad (o incluso con ellos, por supuesto).
O bueno, en su defecto ahora que ninguno está, a lo mejor lo
que quiero hacer es dedicarme a meterme casi todas las noches en la cama con
una tostada de mantequilla y virutas de chocolate mientras veo Doctor Who por
tercera vez. Quién sabe.
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